MADRID VIEJO MONUMENTAL

En el viejo Madrid todavía quedan casas sin derribar. Casas que aún no han sido apuntaladas, a las que no ha llegado la lepra de lo viejo, ni esa artritis que las hace sostenerse con muletas. Vencejos y golondrinas son los aéreos e  insólitos pobladores de este Madrid romántico que guarda en sus entrañas la historia toda de Madrid. Es el “viejo Madrid” que se enseña a los turistas. En el que se les llena de vino hasta que no pueden más. Y al que volverán, una vez que aprendieron a abrir las alas y a seguir este vuelo de singladuras populares, una y otra vez. Lo viejo, lo típico, es lo que quiere ver el turista, no importa de que latitud llegue.

¿Qué itinerario puede seguirse para entrar en el “viejo Madrid de los Austrias”? Hay varias vías de acceso. Tal vez las más fáciles sean las que conducen desde la Puerta del Sol, centro urbano de la ciudad, que son las calles Mayor y Arenal.

La Puerta del Sol es como Picadilly en Londres. Punto de cita de todo el que de provincias venía hace unos años. Porque hoy es más fácil reunirse en otras lugares. De todas maneras, el que de fuera llega –chicas que entran en el servicio doméstico, muchachos que hacen el servicio militar- saben que tarde o temprano terminarán encontrándose en la Puerta del Sol.

La Puerta del Sol en  tardes de domingo es el lugar más provinciano que existe en el mundo. No hay provincia española que  tenga una plaza, una calle más provinciana que ésta. Porque las plazas Mayores de nuestras ciudades de provincia, de las villas grandes, tienen tendencia a almidonarse en días de fiesta, a las deliciosas horas del paseo. Y lo que encontramos en ellas es a gentes vestidas de punta en blanco, parejas, bellas muchachas que van y vienen con todas sus galas al coleto. La provincia, el pueblo español, hay que saborearlo en domingos y fiestas de guardar en la Puerta del Sol. Sobre todo alrededor de las entradas y salidas de las estaciones de Metro. Ellas suelen ser el lugar concreto de la cita. Bocanadas de aire caliente y de gente bullanguera sale de estas bocas de Metro de vez en cuando, con cierta periodicidad. Mozos y mozas dan la vuelta a la cabeza  y adivinan entre las docenas de personas que suben a la que esperan. Se dan cita  los novios, o de estas tardes de domingueras, con olor a ropa recién lavada o recién sudada, nacen noviazgos, se hacen “ligues” inocentes. Parten de allí  en manadas o en “pandas”, según el público, chicos y chicas que “matan la tarde” en algún bailongo o club. Los domingos son la apoteosis de los centros regionales, dedicados sobre todo a la distracción de sus socios modestos. Los bailongos domingueros, de carnavales, Año Nuevo y Reyes son la principal razón de ser de estos centros que en Madrid abundan.

La Puerta del Sol es casi siempre una riada humana. Pero sobre todo en domingo. En días “de diario” la gente sabe a lo que va. Y son pocos –salvo los que “ligan” por las aceras, en los bares más conocidos o en los urinarios- los que van “a estar” “a quedarse”. Va con prisas el que precisa hacerse con urgencia una fotografía “tipo carnet” para el pasaporte, el carnet de conducir, el de identidad. (Ahora tampoco se cubre esta necesidad, ya que la oficina de pasaportes no está radicada, como lo estuvo durante muchos años en la Dirección General de Seguridad.) Circula el que se dirige a cualquier parte. Pero el público dominguero va a quedarse. Por lo menos durante algún tiempo. Allí se establecen las tertulias, los casinillos. Allí se compra el tabaco, las cerillas y se espera a los niños que venden una papeleta con los resultados de la quiniela. Aunque el un día pingüe negocio se fue por tierra por culpa de los transistores, que suelen ser la “música de fondo” de estas tertulias.

Las emisoras ofrecen el carrusel deportivo de la S.E.R. o de cualquier otra “cadena” que tiene informados a los oyentes puntualmente de la marcha de los partidos… Un domingo “divertido” el lugar en el que “por poco dinero” se busca el asunto es esta Puerta del Sol, de la que sus “pobladores domingueros” saben muy poco o nada.  Como mucho conocen el nombre de algún establecimiento, de un lugar de cita .Pero ¿qué es, por qué existe, por qué está allí la Puerta del Sol.

LOS COMUNEROS BUSCABAN EL APOYO DE LOS CONCEJOS

Juan Padilla escribió a Madrid una carta, datada en 25 de febrero de 1520, pidiendo auxilio, que pronto le fue otorgado por el pueblo; se construyeron fortificaciones, barricadas y fosos, y en el lindero oriental de la población –según unos historiadores- los rebeldes levantaron un castillo. Otros dicen que convirtieron en fortaleza la puerta allí existente, en cuyo arco se representaba un sol, tal vez porque miraba a Oriente. El emplazamiento de este castillo o puerta debió de ser aproximadamente el que hoy ocupa la salida del Metro frente a la Carrera de San Jerónimo.

Entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo se alzo un hospital fundado, no sabemos con certeza, por Enrique IV o por los Reyes Católicos, a raíz de una epidemia que despobló Madrid. Carlos I lo habilitó para soldados y criados de la real casa, bajo la advocación del Buen Suceso.

Frente al Buen Suceso lucía una bella fuente, hasta que en l6l6 fue sustituida por otra con la estatua de Diana, a la que los madrileños rebautizaron salerosamente con el remoquete de la “Mariblanca”. Puestos de carnes y verduras contribuían a hacer poco apetecible el lugar. El espacio que hoy ocupa Gobernación (hoy sede de la comunidad de Madrid) era un amasijo de casuchas. La que ahora es calle del Correo era el comienzo, del convento de San Felipe el Real.

En 1768 se alzó el Ministerio de la Gobernación, confiando su erección al francés Jaime Marquet, de quien se afirma que olvidó la escalera al proyectar el edificio. ¡Cuando vivía Ventura Rodríguez, el famoso arquitecto municipal¡…A éste se le encomendó el piso, el pavimento, para arreglar el cual precisamente había venido Marquet de París. Así el pueblo pudo decir “Al arquitecto, la piedra, y la casa, al empedrador”. Son nuevos, pues, los intrincados misterios de la Administración. En el centro de la fachada se puso el reloj que existía en la iglesia del Buen Suceso, hasta que la generosidad del famoso relojero Losada proporcionó al edificio el actual reloj.

La Puerta del Sol absorbió pronto varios callejones aledaños y algunos trozos de las calles de la Montera, Carmen, Preciados, Arenal y Mayor, convirtiéndose al correr de los años en el corazón de la Villa, no aconteciendo suceso de importancia que no tuviese allí su desarrollo. Cuando el motín contra Esquilache, en la Puerta del Sol se vio al “Malagueño” arengar a las masas. En los primeros días de mayo de l808 se congregaban chisperos y manolas, caballeros y soldados. Los días 1 y 2 de dicho mes y año el general Grouchy, instalado con la comisión militar en Gobernación, sacrificó muchas víctimas junto a la fachada del Ministerio y en el patio del Hospital del Buen Suceso. Allí gallardearon los madrileños contra Murat y sus soldados, y aclamaron a Fernando VII y a los soldados ingleses, portugueses y españoles capitaneados por Wellington. En su centro se proclamo la Constitución de 1812 y también se quemó dicho documento al repatriarse Fernando. Liberales y realistas cruzaron por allí unas veces vencidos, vencedores otras.

El cura Merino detuvo el coche del Rey Fernando y, enseñándole la Constitución, gritó: “¡Trágalo, tirano¡”. En 1822 y en 1835 pueblo y ejército pelearon en la plaza.

Como la plaza Mayor, la Puerta del Sol ha sido testigo y escenario de gran parte de la Historia de España. Lugar obligado de cita para forasteros, para “chachas” y soldados, en la noche de San Silvestre acoge en su seno a una multitud de toda la nación que espera la caída de la bola del reloj de Gobernación sobre el convencional kilómetro cero, en el. que se juntan todos los puntos de la rosa de los vientos peninsulares para celebrar la entrada del nuevo año. Y es que la Puerta del Sol siempre será el corazón y el alma de Madrid…y también un poco el de España.

Pueden decir “los más  viejos del lugar” de esta Puerta del Sol el “¡Quien te ha visto y quien te ve”. Mejoró en su jardinería, y en sus jardines, en sus fuentes. Hasta el Oso y el Madroño –dos símbolos de Madrid que en Madrid ya no habitan- encontraron lugar en el que, salidos del escudo, mostrarse a los curiosos. Sobre todo a los que esperan los autobuses, o no esperan nada, en las “islas” para peatones que tiene la Puerta del Sol. En la que los municipios no se atrevieron todavía a dar esos pasos definitivos que serían el cerrarla a la circulación rodada.

Fray Órdigas.

Etiquetas: ,

Deja un comentario